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Belt & Road Initiative: Una iniciativa sin precedentes que promueve la inversión china en América Latina

Basta con observar algunos de los últimos datos sobre inversión y comercio exterior de China para entender la relevancia de esta iniciativa para el gigante asiático.

17 de junio de 2022


Por: Daniel Lau, socio líder de China Desk de KPMG en América del Sur

La iniciativa “Belt and Road” (BRI), es una importante estrategia de desarrollo global de infraestructura adoptada por el gobierno de la República Popular de China desde 2013 con el objetivo de invertir en una gran cantidad de países (146) y organizaciones internacionales, entre los cuales, a la actualidad, se encuentran 20 economías de América Latina (incluidos Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, Perú, Panamá, Uruguay y Venezuela).

Basta con observar algunos de los últimos datos sobre inversión y comercio exterior de China para entender la relevancia de esta iniciativa para el gigante asiático. Mientras de la suma total de inversión extranjera directa no financiera (IED) colocada por China alrededor del mundo durante el primer trimestre de 2022 (US$ 26.900 millones) la destinada a los países y regiones que forman parte del BRI creció en un 18% interanual, representando actualmente el 20% de ese total; el flujo de comercio exterior con los países pertenecientes a esta iniciativa experimentó un incremento mayor al 16% en igual período, cifra que se encuentra muy por encima de su tasa de crecimiento promedio e, incluso, de la lograda para el total de exportaciones chinas (+10%). De hecho, el comercio bilateral entre China y estos países (BRI) ya ha superado los US$ 6 mil millones en los últimos 5 años. Asimismo, es importante indicar que la población combinada de los países involucrados actualmente con el BRI alcanza los 4.600 millones de personas, lo que representa más del 60% de la población mundial, en tanto que la suma de los PIB llega a los US$ 29 mil millones.

A lo anterior, debe añadirse que, en concordancia con una nueva visión de sostenibilidad, ningún proyecto asociado a la producción de carbón recibió inversiones en 2021, en tanto que el financiamiento destinado a energías renovables e inversiones verdes alcanzó un nuevo récord entre los países del BRI durante el año pasado. Este principio está apoyado en las nuevas “Directrices para la Protección Ecológica y Ambiental de Proyectos de Cooperación y Construcción con Inversión Extranjera”, emitidas en enero de 2022 de manera conjunta por el Ministerio de Ecología y Medio Ambiente y el Ministerio de Comercio; y que están en línea con las nuevas demandas sociales y de los diversos grupos de interés. Estas nuevas directrices representan principios rectores y requisitos integrales en materia de protección ecológica y ambiental para los proyectos empresariales chinos en el extranjero, estableciendo normas y reglamentos que estipulan medidas específicas para reducir los posibles impactos adversos en diferentes sectores (energía, petroquímica, minería, transporte, etc.) y/o etapas de los proyectos.

Gracias a esta iniciativa y los compromisos establecidos en la nuevas directrices, las actividades de inversión de las empresas chinas a lo largo de los países del BRI están evolucionando gradualmente tanto a la operación y gestión de los activos finalizados como al desarrollo de proyectos más integrales que busquen optimizar la industria global en su conjunto. En ese sentido, se espera que durante 2022 los países y regiones del BRI sigan siendo los principales destinos de las inversiones foráneas de las empresas chinas, en tanto que las mejores oportunidades estarán ligadas a aquellos proyectos que sean rápidos de implementar y de corto alcance, sobre todo en materia de iniciativas verdes (por ejemplo, proyectos relacionados a la energía solar y eólica), las que seguirán siendo impulsadas por las políticas de promoción para lograr un desarrollo sostenible.

En los últimos 10 años, se han anunciado más de US$ 120.000 millones de inversiones chinas para América Latina. En este nuevo escenario, que proporciona nuevas oportunidades para atraer inversiones hacia la región, el 2022 puede ser un año decisivo si la región logra redefinir sus estrategias y prioridades, y busca acercarse más a los intereses de inversión de las empresas chinas fuera de sus fronteras. Teniendo en cuenta que América Latina es una fuente inagotable de insumos y suministros para la economía china; y que, al mismo tiempo, China representa una importante fuente de ingresos para los países latinoamericanos, el BRI es un esquema ideal para que ambas regiones amplíen sus relaciones y colaboren mutuamente, fomentando así un desarrollo económico sostenible para ambos. Y mientras algunos países de la región ya están viendo los frutos de esta relación, otros mantienen conversaciones o están ingresando a este mecanismo de beneficios compartidos.

Los casos de Perú, Ecuador, Panamá o Costa Rica están entre los primeros, con inversiones chinas que ya han permitido el desarrollo o la recuperación de distintas obras de infraestructura en sus países; en tanto que Argentina, Brasil o Colombia pueden contarse como ejemplos de los últimos. Siguiendo la tendencia de las economías antes mencionadas, Argentina ingresó al BRI a comienzos de 2022 buscando allanar un camino que le permitirá captar inversiones para financiar obras de infraestructura por un valor mayor a los US$ 23.000 millones, que serán extremadamente útiles para fortalecer su recuperación económica luego del impacto social y económico que significó la pandemia. En paralelo, Brasil, que aún no ha firmado un acuerdo para ingresar a este esquema, mantiene una buena relación con China y es uno de los principales receptores de fondos de inversión en infraestructura de ese país en la región. La iniciativa BRI es una oportunidad inmejorable para los países latinoamericanos ya que, bien comprendido, pone a disposición una nutrida fuente de recursos económicos que podrían alimentar la demanda constante de la región por inversiones privadas, alivianando al mismo tiempo los presupuestos públicos e impulsando un crecimiento sostenible de mediano y largo plazo, sobre todo en aquellos países donde los efectos de la pandemia fueron determinantes de peso de su situación actual, o que se han visto restringidos en los niveles de inversión necesarios para impulsar su recuperación económica. Una oportunidad latente que la región no debería desaprovechar.

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